En la estación. Esperando, sentado. Siempre estaba él.
Demasiadas cosas pensaba y otras cuantas decidía no pensar.
Sabía que sentía una especie de soledad con restos de bronca provocada, quizá, por una evitable y completamente predecible entrega de confianza en manos equivocadas. Debería haberlo supuesto. Las personas se defraudan todo el tiempo, unas o otras. Como si fuera un juego, pero sin reglas. Claro. Este juego de amistad no está sujeto a ningún tipo de reglas. Cada jugador hace lo que quiere o lo que el otro no quiere (…)
Que importante la libertad para comportarse, una libertad que permite herir y defraudar, sin reparar, quizá hasta último momento, en las consecuencias de la jugada. Muchos juegan este juego, y otros no saben que lo están jugando y, por supuesto, aquellos resultan los grandes perdedores.
Hoy perdió, el juego y su amistad. Ayer también perdió, lloró y gritó. Y lloró de nuevo. Nunca creyó que se permitiría volver a sentir esa sensación. Y hoy la está sintiendo por él, como ayer la sintió por ellas. Y el dolor no se va, ese dolor nunca se va. Esos restos de soledad y bronca están siempre y va a volver a ignorarlo. Quiere seguir jugando. Pero elige jugar con respeto y confianza. Por eso no va a jugar más con él.
El tren llegó. Él se fue.
Ella abandonó el juego que él había comenzado hace tanto.
Hoy no más ellos. Hoy no más nosotros.
domingo, 3 de febrero de 2008
Suscribirse a:
Entradas (Atom)